Para los pueblos del norte de Europa, los nórdicos (vikingos entre ellos), el nacimiento de un bebé era uno de los llamados ‘Ritos de Paso’ de la vida junto al matrimonio y el funeral.

En Simboliza (www.simboliza.org), esta ceremonia de celebración y acogida a la nueva vida lleva por nombre ‘Bienvenida al Mundo’. Es un momento de felicidad compartida.

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Las mujeres de estos pueblos nórdicos daban a luz en cuclillas o de rodillas, asistidas por el equivalente a las actuales comadronas. Evocaban, en el momento del parto, ‘runas’ en forma de cantos mágicos, denominados ‘galdr’.

El niño era recibido directamente por la tierra, por la Madre Tierra para ser más exactos; tras cortar el cordón umbilical, llegaba el equivalente al bautizo tradicional: el bebé era rociado con agua (práctica que se conocía como ‘ausa barn vatni’) y, después, elevado al cielo en forma de ofrenda. De este modo, el ser recién nacido era presentado a las fuerzas de la Naturaleza: el agua, el cielo, la tierra.

paisaje nordico

Después llegaba el momento de ponerle un nombre. El hijo era ‘hijo del padre’, no de la madre; las sagas familiares tenían consistencia patriarcal en esos pueblos y, de hecho, el pertenecer a una y perpetuar el linaje era lo más importante en la vida de un humano. Por lo tanto, los nombres se elegían en función de antepasados poderosos o respetados (o recién fallecidos), nombres que aportaban suerte o, también, que habían sido llevados por personas a las que ‘favorecía el destino’.

La elección en modo alguno estaba sujeta a fantasía. Son habituales, eso sí, los nombres de animales en personas (Björn, oso; Ari u Örn, águila; Hrutr, carnero, Ormr serpiente; Ulf, lobo). El niño o la niña eran presentados a la Naturaleza y, después, parece muy lógico que el medio natural les denominara.

mitologia nordica

Lo más parecido a la figura de los padrinos aparece en una costumbre bastante arraigada en la tradición de estos pueblos nórdicos antiguos: entregar al hijo durante un tiempo a amigos o personajes de alta posición a fin de que esa niña o niño recibiera una buena educación. Esta práctica llamada ‘fostr’ contribuía a crear lazos de afecto a menudo muy fuertes y, también, a extender la influencia del clan.

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