En la filosofía Vikinga los ritos de paso se consideraban etapas de la vida que tenían que irse sucediendo hasta llegar a convertirse en un adulto. La primera y la que marca el resto de las mismas es el #bautizo.

Más conocido como imposición del #nombre (#naming) y al igual que todas las antiguas sociedades paganas ésta ceremonia asignaba un nombre que a su vez tenía un significado espiritual de por vida. Su receptor tenía que llegar a conseguir ese objetivo o tarea que se le encomendó.

Antes de la entrega del nombre, el bebé tenía que pasar una fase de inspección por parte de sus progenitores, y en el caso que encontrase algo que le hiciese pensar que su hijo no era digno de serlo este sería expuesto y abandonado a su suerte.

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Con el paso de los siglos, en Noruega y tras la implantación del cristianismo, se buscó una solución en caso de que el bebé no fuese suficientemente digno. Por lo que éste era bautizado en la iglesia más cercana e inmediatamente después ya podía ser abandonado ya que había recibido la más alta bendición.

Si el recién nacido pasaba la inspección de sus padres, el padre lo tomaba en brazos al noveno día de su nacimiento y vertía agua sobre el niño ayudado de una rama. Este hecho recibía el nombre de Skirn o purificación.

Posteriormente el padre le hacia el gesto de Thor, una T invertida con el puño e invocando a la bendición de los dioses le daba un nombre por el cual recibía al espíritu en su interior.

El bebé ya era entonces oficialmente un miembro de la familia y, por extensión, de toda la comunidad.

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