Bautismo es sinónimo de purificación. Así ha pervivido a lo largo de los siglos, aunque, con el catolicismo, derivase en un sacramento que significaba la inclusión de un bebé en la comunidad religiosa. Existen muchas variaciones según culturas y credos y, también, más allá de todo credo.

La bienvenida a un recién nacido sin ningún tipo de connotación religiosa lleva por nombre ‘apadrinamiento civil’, ‘ceremonia civil de imposición de nombre’, ‘acogimiento civil’ o, incluso, ‘bautismo republicano’ (vinculado, al parecer, a la Revolución Francesa). En Simboliza (www.simboliza.org) se denomina ‘Bienvenida al Mundo’. Es un momento de presentación del bebé ante familiares y amigos y de compromiso de los padres y allegados más cercanos en la educación amorosa y libre hacia el ser que acaba de nacer.

bebe en familia

Egipcios y babilonios confesaban sus culpas y se adherían a credos pasando por un rito de limpieza donde el agua estaba presente como elemento clave (en Mesopotamia, el agua dulce era considerada el ‘principio de la vida’). Los romanos bebieron de esas tradiciones (nunca mejor dicho) y los judíos las mantenían como clave purificadora (y fueron, para ellos, especialmente relevantes). La figura de Juan El Bautista da soporte al culto cristiano (partiendo de esa tradición judía), al bautizar a Jesús en las aguas del Jordán.

En todos los casos, se trata de adultos que deciden dar un paso definitivo hacia la espiritualidad en un momento de sus vidas (de ahí el poder del rito simbólico como reafirmación para la persona) y, también, de bautizos por inmersión (salir de las aguas ‘limpio’ y ‘renacido’).

bautismo por inmersion

Si miramos hacia Japón, el Sintoísmo (la veneración de los ‘kamis’ o deidades de la naturaleza) siempre se inicia con un rito de agua; en este culto oriental, las cascadas son sagradas.

En la actualidad, en el bautismo tradicional, son los padres quienes presentan al niño (en el culto católico, los padrinos). Sí se mantiene la simbología del agua y la idea de ese ‘inicio de algo’. Y, desde luego, el marcado carácter festivo que ha empañado en gran parte ese antiquísimo rito de bautismo como el renacer a la vida verdadera del espíritu.

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